COMENTARIO DE LAS ACTAS DEL CONVENTO, Parte II


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Damos aquí por terminada la publicación, empezada en el precedente "Cuaderno Verde" (1) del "anteproyecto" presentado por Willermoz en el convento de Wilhelmsbad,  el 29 de julio de 1782; intervención muy relevante cuya importancia no debe ser subestimada y que no escapó a la atención de Bernard de Turkheim quien conservó en sus archivos un ejemplar manuscrito de dicha intervención (2).

En la primera parte de su exposición, Willermoz había desarrollado una argumentación extremadamente detallada, a la vez sobre el plano teórico y doctrinal (definición de la ciencia en general y de la ciencia masónica en particular) y sobre el plano histórico, jurídico e incluso político (ilegitimidad, por ausencia de pruebas, de la reivindicación de la filiación temporal de la Orden del Temple, riesgos políticos y sociales de tamaña reivindicación), esforzándose por ella en demostrar tres puntos, si no contradictorios, cuando menos conciliables unicamente a costa de un equilíbrio sabiamente dosificado:

  1. Que era preciso proscribir para siempre la reivindicación de la filiación temporal sobre la Orden del Temple y a fortiori de su restauración;
  2. Que en contrapartida era necesario mantener una "conexión íntima" entre la Orden del Temple y la Orden masónica de modo de dar a la segunda acceso a los "conocimientos científicos" (3) de la primera;

    quedando, no obstante, bien claro:

  3. Que estos conocimientos no habían sido privilegio exclusivo de la Orden del Temple, siendo éstos mucho más antíguos y universales, pero que sin embargo le debían a dicha Orden su forma presente.


Esto es lo que Willermoz señalaba con nitidez en los pasajes siguientes que, a continuación recordamos, pues resumen claramente su pensamiento: "La ciencia que actualmente denominamos masónica, ha debido ser profesada en diferentes tiempos y bajo diversas denominaciones. Si ésta ha sido dada al hombre para sus necesidades, debe ser tan antígua como su existencia temporal y tomar su origen en la fuente misma de las cosas temporales" (4). Y más adelante: "La ciencia masónica, la cual para ser verdadera ha debido existir desde todos los tiempos y bajo diversas otras formas y denominaciones, no estuvo concentrada exclusivamente en una cierta época en la Orden del Temple ni en ninguna otra Orden moderna. Del mismo modo, tampoco ha sido su fundadora, si bien, es posible que haya establecido su forma y denominación simbólica actual". Lo que Willermoz ilustra con una imagen retórica pero aleccionadora: "La ciencia masónica ha pasado por los Caballeros Templarios como algunos rios pasan por los grandes lagos sin perderse ni confundirse totalmente en ellos, de donde salen reteniendo quizá algunas cualidades y propiedades particulares del lago que han atravesado" (5). Pero, añadía, y esta precisión en forma de inciso es de importancia capital: hubo otros "canales particulares que han podido recibir también la misma ciencia, modificada quizás diferentemente", por lo que es conveniente "examinarlos también" (6).

La cuestión de la filiación templaria ocupó largamente al convento, casi un mes de la 4ª a la 15ª sesión (del 19 de julio al 14 de agosto). Si esta cuestión dió lugar a todo tipo de especulaciones por parte de los distintos oradores, la intervención de Willermoz reviste este mismo carácter solo en apariencia. En realidad su intervención se inscribe en una estrategia concienzudamente elaborada que, ante un objetivo preciso, y a pesar de todas las digresiones que ella comporta no tiene otro objeto que conseguir, sin hacer grandes aspavientos, ese mismo objetivo. Se trata de conducir al convento a unirse de una manera natural, por la fuerza lógica de la demostración, a la estructura, al "sistema" que Willermoz va a proponer a continuación para la Orden masónica, es decir, en otros términos a su "régimen futuro". Tal es la materia de esta segunda y última parte del anteproyecto. A ojos de Willermoz, su disertación no es abstracta en absoluto. Tampoco lo es para nosotros, puesto que este régimen todavía es el nuestro.

Este sistema o régimen, lo propone Willermoz en nombre y por cuenta del Gran Capítulo Provincial de Auvernia, ya que hasta ese momento, este era el Capítulo que lo había llevado a la práctica en Francia después de su adopción por el Convento nacional de las Galias (25 de noviembre-10 de diciembre de 1778) (7) y en la elaboración del cual los Hermanos de Lyon habían tomado parte determinante. Sin embargo, las provincias de Auvernia (cabeza de partido de Lyon) y Borgoña (cabeza de partido de Estrasburgo) iban de la mano: el paralelismo hasta en la formulación de concepciones, de una parte de Willermoz en la presente intervención, y de otra parte de Jean de Turkheim en la que hizo en el Convento de las Galias (8) es en este aspecto flagrante. La tercera provincia francesa, la de Occitania o Aquitania, estaba por contra practicamente fuera de juego, representada por un único delegado, el marqués de Chefdebien, eques a Capite Galeato, quien, poseyendo su propio sistema, no entraba ni de lejos en los planteamientos de Willermoz y sus hombres de confianza (9). De donde la necesidad, para estos últimos, de proceder exactamente del mismo modo que en el Convento de las Galias: romper con el templarismo repudiando en particular las denominaciones que comportaban las palabras "Temple" o "templarios", mantener una "conexión" que permitiera conservar las formas rituales y ceremoniales, pero aportando a éstas un contenido, un "sentido particular" nuevo, sacado de la doctrina de Martinez de Pasqually.

Es precisamente de este último, según Le Forestier, de quien proviene la tesis en virtud de la cual la Masonería sería tan antígua como la raza humana. En realidad, era en el siglo XVIII una idea recibida pretéritamente. Ramsay, había ya hecho mención de ella en su famoso discurso de 1763-1737 (10) . Anteriormente, en 1721, Anderson había afirmado en sus Constituciones: "Adam, nuestro primer ancestro, creado a imagen de Dios, Gran Arquitecto del Universo, debió tener las ciencias liberales, especialmente la geometría, inscritas en su corazón" (11). Esta misma idea encontraría ulteriormente una formulación perdurable en el rito de Emulación, redactado después del acta de unión de 1813, pero reflejando la práctica inglesa anterior; en "la exhortación después de la iniciación" que concluye esta ceremonia, se precisa, a propósito de "la antígua y honorable Institución" que es la Francmasonería: "Ella es antígua en efecto, ya que existe desde tiempo inmemorial". Añadamos que es suficiente, en el pasaje de Willermoz citado anteriormente, con substituir las palabras "ciencia masónica" por "conocimiento esotérico" (este último término no existía en esa época) o simplemente por la palabra "iniciación", para descubrir que se había hecho un tópico del esoterismo que, en tiempos recientes, ha encontrado su formulación quizá más remarcable bajo la pluma de Guénon.

Por tanto, es gracias a Martinez de Pasqually que Willermoz y sus amigos deben la certeza de que parecida afirmación no esta vacía de sentido y desprovista de todo alcance. Todo el proyecto al que se había dedicado el autor del Tratado de la Reintegración, no era otro que, el de restablecer la Masonería degenerada a su estado primitivo, el de "llevarla a su objetivo primitivo", haciéndole aprender precisamente la doctrina de la Reintegración, convertida así en materia espiritual o alma del trabajo ritual. Es a esta misma empresa a la que se dedicó Willermoz, dentro de otras formas: las de la Masonería rectificada. Y eso a pesar que su adhesión a estas últimas le había valido, en primer lugar los reproches y luego la desaprobación de su maestro, del que no renegó jamás, y antes al contrario siempre se glorificó de ser "el émulo", es decir, en estílo martinizista, el discípulo (12).

Como escribe Willermoz en su carta del 12 de octubre de 1781 a Charles de Hesse que publicamos más adelante: "Las perspectivas que (Martinez de Pasqually) se proponía se relacionaban todas con un solo objeto"; y este objeto era el de "abrir los templos" masónicos a las "grandes y útiles verdades" que después de haberlas buscado en vano durante tan largo tiempo en toda suerte de sistemas masónicos, las había al fin descubierto en el templo de Martinez. Estaba completamente convencido que "toda reforma masónica que esté fundamentada sobre bases fijas y luminosas, no producirá jamás efectos efímeros". Ahora bien, Willermoz estimaba posible encontrar tales bases en los "algunos conocimientos" de los que él era "depositario" y que "podían adaptarse a la masonería en el supuesto que éstos no le hubieran ya pertenecido primitivamente" (13) . (Es esta misma idea la que, dirigiéndose meses más tarde al convento, reemprende bajo forma metafórica con la alusión ya citada anteriormente a los "otros canales" que "han podido también recibir y transmitir la misma ciencia, modificada quizá diferentemente": esta última parte de la frase se refiere a las formas rituales de los Elegidos Coens, parcialmente inspiradas en las formas masónicas, pero muy diferenciadas de éstas). Asi pues, sería deseable que estos "conocimientos" se conviertan en la "parte científica" (14)de la Orden masónica reformada.

Es en dos etapas, primeramente a nivel nacional de Francia, en el convento de las Galias, y luego más tarde a nivel internacional, en el convento del Wilhelmsbad, que Willermoz se emplea a hacer martinizista la Masonería rectificada, con la colaboración activa de algunos confidentes como Jean de Turkheim, con la connivencia no del todo desinteresada de algunos otros como Ferdinand de Brunswick y (en menor grado) Charles de Hesse, y a espaldas de un mayor número. Porque difundir no es divulgar. Los conocimientos en cuestión debían quedar reservados a sujetos cuidadosamente escogidos de entre todos ellos. Es por lo que su existencia, su posesión y su procedencia solo era progresivamente desvelado a un número tanto o más restringido de privilegiados que se elevaba cuando se avanzaba en la jerarquía iniciática. De donde, igualmente, esta serie o más bien este encaje, no ya solamente de grados, como en los otros sistemas contemporáneos de altos grados, si no de sistemas orgánicos, en los que cada uno era aparentemente completo en sí mismo y asi lo era en efecto a ojos de la mayor parte de sus miembros, pero englobando en realidad otro sistema más secreto en el que el "término final reconocido" del precedente constituía el punto de partida; sistema que, a su vez, englobaba a otro, y así cuatro veces seguidas.

Elaborando esta arquitectura concéntrica, Willermoz no hace más que aplicar una concepción que el mismo expone en su anteproyecto en estos términos remarcables: "Incluso señalaré que, del mismo modo que no hay línea de separación positiva entre los tres reinos de la naturaleza, tampoco la hay entre las diversas altas ciencias que son dadas al hombre para aprender a conocerla por entero, y que cada una de ellas tiene sin duda un medio entre sus bases y sus más altas extremidades, de suerte que allí donde una termina, la otra empieza y que ellas forman en su conjunto un círculo en el que la verdad es el centro; y de este círculo emanan hacia fuera las ciencias vulgares o secundarias de las que és el principio..." (15).

La serie completa se presenta pues como sigue:

  1. La clase simbólica u Orden masónica (en sus escritos ulteriores, Willermoz emplea exclusivamente la primera denominación) con los cuatro grados de Aprendiz, Compañero, Maestro y Maestro Escocés que esta comporta después del convento de las Galias.
  2. La Orden interior con sus dos grados de Novicio y Caballero - siendo estas dos clases las "clases ostensibles" del Régimen.
  3. La doble clase secreta, "que solo será conocida por los mismos que la compongan", de la Profesión y la Grande Profesión.
  4. Finalmente, el nec plus ultra, sepultada bajo el velo de un espeso misterio, la Orden de los Caballeros Masones Elegidos Coens del Universo, con sus siete grados de Aprendiz Elegido Coen, Compañero Elegido Coen, Maestro Particular, luego Maestro Elegido Coen, Gran Maestro Coen o Gran Arquitecto, Gran Elegido de Zorobabel o Caballero de Oriente y finalmente Rosacruz. Los tres primeros de estos siete grados llamados los tres porches del Templo constituían la "clase del porche" y la Profesión el atrio; podemos ver pues dónde podían situarse los que le precedían... (16).


De la Orden de los Elegidos Coens, Willermoz solo hacia mención de ella en correpondencia ultra confidencial, como por ejemplo en su carta de octubre de 1781 a Charles de Hesse ya citada, pero siempre sin precisar demasiado ningún detalle. Después de esto, Willermoz mantiene siempre una discreción a toda prueba: "Puedo afirmar sin temor a ser desmentido que, tanto antes de la apertura del convento, como a lo largo de toda su duración, no he iniciado nunca en mis conocimientos particulares y personales ni al Serenísimo Hermano a Victoria (17), ni al Serenísimo Hermano a Leone Resurgente (18), ni a nadie... Los Serenísimos Hermanos no han estado iniciados en el secreto de este sistema puesto que yo tengo ciertas reticencias al respecto"(19). Efectivamente, Willermoz se limitó a recibirlos en la Gran Profesión, y aún así sin ceremonia, simplemente especificándolo en los cuadernos de instrucción(20).

A la vista de esto último, Willermoz ha variado en su comportamiento. Considerada como una transición entre la Orden interior y la Orden de los Elegidos Coens, un poco como el grado de Maestro Escocés hace la transición entre la clase simbólica y la Orden interior, la doble clase secreta debe permanecer también rodeada de misterio y, en la carta anteriormente citada, Willermoz describe el lujo de precauciones, que llegan hasta el disimulo, que ha debido desplegar para esconder el origen de las instrucciones secretas y despistar a los curiosos. En una carta a Salzmann treinta años posterior a todo esto (mayo de 1812), hace el mismo relato en términos parecidos y cuenta como, su comunicante habiendo en esa época cometido la indiscreción de revelar a alguien que esas instrucciones tenían a Willermoz por autor, este último se vió forzado a "negar el hecho"; y añadir, lo que es de casuística pura: "Puedo sin faltar a la verdad sostener el plan convenido" - a saber que provenían "del fondo de Alemania" - "porque, si yo he sido el principal redactor de estas instrucciones, no he creado la doctrina que ellas encierran y no soy su autor. He encubierto la fuente para un mayor bien, eso es todo." (21). De este modo, en el convento de las Galias, no dió mayor importancia a la existencia de una tal clase secreta, a no ser como una eventualidad a la vez probable y deseable, proyectada en un futuro indeterminado (22).

Por el contrario, en el convento de Wilhelmsbad, Willermoz se extiende en largos comentarios sobre esta clase. Evidentemente, no sin reticencias ni objeciones, puesto que lo hace, según propia confesión, "sin definirla" y a fortiori sin nombrarla. Continua hablando de ella potencialmente, pero la eventualidad se perfila y aproxima en el tiempo e, incluso Willermoz fingiendo no poder pronunciarse ni sobre el momento en que la eventualidad pudiera convertirse en realidad, ni sobre la forma que ella tomaría, tampoco asigna como objetivo al convento el constituir una tal clase o cuando menos autorizar su constitución. Claro es que, aunque no más que en las circunstancias relatadas precedentemente, no vacila en disfrazar la verdad. Por ejemplo, tiene el descaro de afirmar: "Como nadie se presenta ante nosotros con los materiales necesarios para establecerla, hay que creer que aún quedará largo tiempo vacante", cuando al menos ocho Grandes Profesos eran presentes en el convento, entre ellos Ferdinand de Brunswick y Charles de Hesse, y por supuesto, el mismo Willermoz. Y añade: "Aunque no esté en nuestra mano el determinar las formas ni la composición", cuando en cuanto a organización (colegio metropolitano, colegios particulares), textos (instrucciones secretas, ceremonias de recepción, modalidades de funcionamiento, todo estaba en marcha desde hacía cuatro años. Pero, se trata de obtener del convento que "determine la posibilidad de su existencia", es decir que le otorgue oficialmente su aval, evitando encontrarse ante el enojoso dilema ante el que Willermoz se hubiera indefectiblemente enfrentado, en el caso de haber revelado que parecida clase existía totalmente: o bien debía desnaturalizarla admitiendo profusamente a un gran número de delegados, que a buen seguro ivan a solicitar su ingreso, o bien impedir su acceso corriendo el riesgo de granjearse su enemistad.

Tantas precauciones fueron inútiles e innecesarias: la propuesta de Willermoz quedó sin continuidad, y el Régimen rectificado no comportaría jamás oficialmente una clase secreta. Esto no impidió en absoluto a un cierto número de colegas Grandes Profesos sobrevivir a las grandes turbaciones políticas, militares y sociales de fin de siglo y mantenerse durante el primer tercio del siglo siguiente en Francia y en Alemania (23). En realidad, la historía de la Grande Profesión queda por escribir...

Quedan pues, las dos clases ostensibles sobre las cuales queda menos por decir puesto que, en el convento de las Galias ya se les había dado los últimos retoques, y tal cual, Willermoz las presentó al convento de Wilhelmsbad y, el convento, tal cual estaban las aprobó. El resultado de sus deliberaciones se encuentra claramente resumido en una carta dirigida el 27 de agosto de 1782 por Ferdinand de Brunswick a la Gran Logia de Berlín, cuyos términos son tan parecidos a los que Willermoz acostumbra a emplear que podría parecer que, este último, consejero oficioso del príncipe durante toda la duración del convento, le había prestado la mano para escribirla, a menos que no fuera Turkheim. He aquí el documento:

"La Orden ostensible de los Masones ha sido dividida en dos Clases esenciales, a saber la Orden masónica, y una Orden interior. La primera queda compuesta de los tres grados fundamentales de Aprendiz, Compañero y Maestro. La segunda, de dos grados que forman en su conjunto una Orden de Caballería, bajo el nombre deCaballeros Bienhechores; los Hermanos Franceses se reservan el poder añadir estas palabras: de la Ciudad santa. Entre la primera y la segunda, habrá un Grado Escocés, que no ha podido ser terminado, aunque el plan esta acordado, y la redacción de este grado queda confiada a uno de nuestros Hermanos de Lyon que ha participado en la redacción de la mayor parte de los otros. El objetivo particular de este grado, que continua siendo simbólico, es el de tender un paso entre la antíguaLey y la Ley de Gracia o de Cristo(24), y preparar por medio de esta última a verdaderos Caballeros de la Fe para la Orden Interior, a la que queda reservada la regencia y administración ostensible del futuro Régimen reunido. Estos nuevosCaballeros suceden a otros mucho más antiguos, pero más bien en su objetivo primitivo de la Instrucción de éstos que en ninguna otra de sus pretensiones temporales. Este plan ya aprobado y seguido con éxito desde hace 4 años por nuestros Hermanos Franceses e Italianos habiendo sido probado y experimentado, será continuado con algunas modificaciones; sin embargo ha sido acordado que si, después de un año de reflexión, no conviene por entero a las Provincias alemanas, estas aún quedarán libres de modificarlo y adaptarlo a ellas con mi consentimiento, sin que por esto rompan su unión fraternal con las otras Provincias de la Orden. En cuanto a los grados masónicos, ha parecido conveniente que ellos no conllevenninguna otra denominación nacional, como Inglés, Francés o Alemán, aunque se han rectificado bajo la denominación general de Masones reunidos. El comité encargado de esta redacción los ha compuesto según los más antiguos usos conocidos y adaptados a la excelente moral de los grados franceses rectificados en el Convento Nacional de Lyon de 1778, lo que los hace instructivos e interesantes; uno de los Hermanos de Lyon, miembro del dicho Comité (25) ha sido encargado de revisarlos en el transcurso de este año" (26).

A destacar que, asignando a la clase simbólica "el estudio y la práctica de las virtudes morales, sociales, religiosas y patrióticas que la hacen útil a la Orden y a la humanidad en general", Willermoz no estaba muy alejado de la concepción inglesa tal y como esta se expresaba en el rito de Emulación: "¿Qué es la Francmasonería? Un sistema particular de moral enseñado bajo el velo de las alegorías por medio de los símbolos"; o incluso (en la exhortación mencionada anteriormente): "Ningún otra institución puede vanagloriarse de estar establecida sobre bases más solidas que la Francmasonería puesto que esta fundamentada sobre la práctica de todas las virtudes morales y sociales", se detallan después los deberes hacia Dios, hacia el prójimo y hacia uno mismo, la fidelidad a la patria, la beneficencia y la caridad, "estas puras joyas masónicas", etcétera (27).

En lo que concierne a la Orden interior, Willermoz desgrana una serie de argumentos a fin de demostrar la necesidad de mantener una tal Orden, que sea, no solamente una Orden ecuestre, sino "una Orden ecuestre, misteriosa y que exige el secreto". Varios de entre estos argumentos merecen atención por razones diversas, principalmente aquel, ¡qué visión tan realista! en virtud del cual "las decoraciones de la Caballería" serían "un seguro medio" de atraer al seno de una "Orden consagrada a la beneficencia" a miembros dotados de "medios abundantes" - "aquellos de miras no muy elevadas". Otro argumento, que no deja de ser pertinente: "Si la Masonería no tiene otro objetivo que la moral y la beneficencia, ciertamente, esta no tiene necesidad de juramento. Y por esto con tal que ella exija uno, promete, o una ciencia bien rara, o el desarrollo de un gran secreto". Ahora bien, este gran secreto no es otro que la filiación de los Masones con la Orden de los Templarios: sabemos que Willermoz no hacia mucho caso de esta argumentación (28) . En realidad, para él solo cuenta esta "ciencia bien rara". De donde la función atribuída a la Orden interior: "ofrecerá un objetivo moral e histórico y preparará para un fin de conocimientos científicos(29); y más adelante: "Si jamás uno puede conseguir procurarse en el nuevo Régimen algunos conocimientos positivos y científicos que constituirían su tercera y última clase, la segunda doblaría por un tiempo a ojos de los Masones simbólicos el velo que la cubre para no apartar demasiado pronto su atención del único objetivo moral que deberá enseñarle en la suya; y ella será al mismo tiempo para aquellos que la componen un doble medio de pruebas para prepararlos a entrar"(29).

El artículo primero de la Grande Profesión dispone: "Artículo primero. La grandeprofesión de la Orden de los caballeros bienhechores de la Ciudad santa es el acto por el cual los caballeros y hermanos de las clases inferiores de la misma orden, que sean encontrados dignos son iniciados, después de superar las pruebas requeridas, al conocimiento de los misterios de la antigua y primitiva masonería, y son reconocidos como prestos para recibir la explicación y el desarrollo final de los emblemas, símbolos y alegorías masónicas" (30).

Por otra parte, en la carta a Salzmann ya citada, Willermoz declara: "La iniciación de los G.P. instruye al masón, prueba al hombre de deseo, sobre el origen y la formación del universo físico, de su destino y el de la causa ocasional de su creación, en tal y momento y no en otro; de la emanación y emancipación del hombre en una forma gloriosa, y de su destino sublime en el centro de las cosas creadas; de su prevaricación, de su caída, del beneficio y la absoluta necesidad de la encarnación del Verbo mismo para su redención, etc. Todas estas cosas de las cuales deriva un profundo sentimiento de amor y confianza, de temor y respeto, y de vivo reconocimiento de la criatura hacia su Creador, han sido perfectamente conocidas por los jefes de la Iglesia a lo largo de los cuatro o seis primeros siglos del cristianismo (31). Pero, desde entonces, se han ido sucesivamente perdiendo y borrando hasta tal punto que actualmente, tanto en su casa como en la nuestra (32), los ministros de la religión tratan de innovadores a todos aquellos que sostienen la verdad. Luego, puesto que esta iniciación tiene por objeto restablecer, conservar y propagar una doctrina tan luminosa y tan útil, ¿porqué no ocuparse sin amalgama de este trabajo en la clase que le está especialmente dedicada?".

Tal es la "ciencia rara" que, después de haberla recibido de Martinez de Pasqually,Willermoz se afana en infundir en el sistema de grados que trata sea aprobado por el convento de Wilhelmsbad. Y aunque este sistema sea privado del remate final que le era destinado, esta ciencia, gracias a su esfuerzo, subsiste todavía hoy. Escuchémosle pues, y oigamos a nuestro fundador exponer el porque y el como de las reglas que nos rigen y de la inspiración que nos anima (33).

Jean-François Var


NOTAS

  1. "Cuadernos Verdes", nº 7, pp 47 a 76.
  2.  Estos archivos, descubiertos e inventariados por Antoine Faivre quien los ha denominado "Fondos Bernard de Turkheim", han sido detallados por él primeramente, en 1969, en la Revista de historia de las religiones y en el Boletín de la Facultad de Letras de Estrasburgo, luego, una vez más en 1982, en cuatro artículos sucesivos de Renaissance Traditionelle (núms. 49 al 52). La referencia al anteproyecto de Willermoz se encuentra en el nº 49, pág. 52.
  3. La palabra "científicos" la relacionan, no ya solamente Willermoz sino todos los que intervienen en el convento de Wilhelmsbad, con las "altas ciencias" y no con las "ciencias vulgares". Cf. "Cuadernos Verdes", nº 7, págs. 67-68.
  4. Ibid. pág. 67.
  5. Ibid. pág. 67-68.
  6. Ibid. pág. 67.
  7. Las Actas del convento de las Galias han sido publicadas por E. Mazet en los Travaux de Villard de Honnecourt, nº 11, pp. 68 a 103.
  8. Op. cit., págs. 84-85. En el "Cuadro de diputados componentes del Convento general de los Francmasones reunidos bajo el régimen rectificado, congregados en Wilhelmsbad", que figura en cabeza de las Actas, Jean de Turkheim es así designado: "El Resp. H. de Turkheim, magistrado de la villa de Estrasburgo, in o. (in ordine) Johannes Eq. a Flumine, haciendo las funciones de secretario general del convento por la lengua francesa, en su calidad de Visitador General de la Provincia (la Vª, dicha de Borgoña) y provisto de plenos poderes de la prefectura de Saarbrück". Sobre este importante personaje, hermano de Bernard de Turkheim, y sobre su papel en la preparación y desarrollo del Convento de las Galias, cf. la introducción de E. Mazet, op. cit., págs. 57 a 67.
  9. Cf. Benjamin Fabre, Franciscus Eques a Capite galeato (1913).
  10. Se puede leer, por ejemplo, en la versión de 1737: "Algunos hacen remontar nuestra institución hasta tiempos de Salomón, algunos hasta Noé, e incluso hasta Enoch, quien construyó la primera ciudad, o hasta Adám". Cf. Pierre Chevallier, Les Ducs sous l'acacia, pp. 147 a 149.
  11. Constituciones de Anderson, Edit. Ligou, pág. 81.
  12.  Cf. las dos obras fundamentales de Le Forestier, La Franc-Maçonnerie ocultiste au XVIII siècle y l'Ordre des Élus Coens (1928) y la Franc-Maçonnerie templière et occultiste aux XVIII et XIXe siècles (editado porAntoine Faivre, 1970). Salvo mención contraria, es esta última obra la que citamos.
  13. Carta del 12 de octubre de 1781 a Charles de Hésse, ver más adelante págs. ¿-?.
  14. Misma carta (ver más adelante pág. ¿-?).
  15. "Cuadernos Verdes", nº 7, págs. 64-65.
  16. Le Forestier, L'Ordre des Élus Coens, en diferentes sitios y especialmente en la pág. 350. Más tarde, en una carta del 17 de septiembre de 1805 (citada por Le Forestier, Maçonnerie Templière et occultiste pág. 908), Willermoz debió modificar la repartición: en el porche o átrio estaban los grados simbólicos, en el templo, los de la Orden interior, y en el santuario, la Profesión.
  17. Ferdinand de Brunswick.
  18. Charles de Hésse.
  19. Respuesta a los asertos contenidos en la obra del R.H. a Fascia que lleva por título: De conventu generale lamotorum apud Aquas Wilhelminas, págs. 9-10 (citada por Le Forestier, op. cit., pág. 608). Cf. también "Cuadernos Verdes" nº 7, pág. 42.
  20. Le Forestier, op. cit., págs. 580-582.
  21. Carta publicada por R. Amadou en Documents martinistes, nº 2, págs. 36 a 38.
  22. Cf. Travaux Villard de Honnecourt, nº 11, pág. 86 y también el final del prefacio de E. Mazet, pág. 66.
  23. Cf. Le Forestier, op. cit. págs. 908 a 914. Ver también los artículos de F. Fabry dedicados al Gran Profeso Johann-Friedrich von Meyer en los Travaux de Villard de Honnecourt, núms. 8, 9, 10 y 11, especialmente los núms. 8 y 11.
  24. El uso de la palabra "Cristo" sin artículo denota un protestante. Esto llevaría a ver aquí la pluma de Turkheim.
  25. El mismo Willermoz, ya citado más arríba.
  26. Actas del convento, documento nº 164.
  27.  A notar que no hay mucha relación entre las concepciones de Willermoz y las que desarrolla Joseph de Maistre en su memoria al duque de Brunswick redactada precisamente con vistas al convento de Wilhelmsbad (reedición de Éditions d'aujourd'hui, 1980): no se encuentra aquí ningún rastro ni de "la instrucción de los gobiernos" ni de "la reunión de las sectas cristianas", ni del "cristianismo trascedente".
  28. Se podría citar a este respecto un pasaje de Saint-Nicaise, un panfleto alemán de 1785 en el que eran atacados "ultrajosamente", según apreciación de Le Forestier, "los sucesivos jefes de la Estricta Observancia, susprincipales colaboradores y los hermanos franceses que habían inspirado las decisiones del convento de Wilhelmsbad". Podemos encontrar este sarcasmo: "El gran secreto que me fue revelado consistía en efecto en que los Masones son los Caballeros Templarios. Este descubrimiento no merece la pena, y el primer judio recien llegado hubiera enviado todo el montaje a mejor vida". (Le Forestier, op. cit., págs. 711-712).
  29. Subrayado por nosotros.
  30.  Según Robert Amadou, Documents martinistes nº 2, pág. 37.
  31.  Sobre este preciso punto, Willermoz y Guénon asombrosamente se encuentra.
  32. Ibid. pág. 38 "En su casa como en la nuestra" quiere decir: en casa de los luteranos como en la de los católicos.
  33. Como en la anterior entrega, hemos modernizado la ortografía asi como la puntuación, y hemos añadido subtítulos.

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