LAS ACTAS DEL CONVENTO DE WILHELMSBAD
| NOTIFICACIÓN DEL SERENÍSIMO & REVERENDÍSIMO H. A LEONE RESURGENTE. ESTA pieza incluida sin título en las Actas (el que aquí publicamos es de cosecha propia) bajo el número 115, constituye, citando a Ferdinand de Brunswick, la "Notificación admirable del Serenísimo y Reverendísimo a Leone Resurgente", que Charles de Hesse presentó en la sesión del 30 de julio, la 11Š, y con el cual el Magnus Superior Ordinis debía, en su intervención del día siguiente que publicamos a continuación, declararse "enteramente de acuerdo"(1). Recordemos que, hasta el 14 de agosto, el Convento se ocupó principalmente en dar respuesta a las cuatro preguntas formuladas el 25 de julio por Willermoz(2) tocantes al origen y verdadera naturaleza de la Orden; respuesta de la que debía depender la orientación a dar a esta última, es decir, en términos precisos al fracaso o éxito de la "Reforma de Lyón"(3). Los tres principales personajes que habían tomado parte en esta empresa, a saber Willermoz, promotor de la reforma, y Charles de Hesse y Ferdinand de Brunswick que posteriormente se habían incorporado a la misma, tomaron sucesivamente la palabra los días 29, 30 y 31 de julio sobre este tema : en términos de táctica parlamentaria actual, diríamos que "ocuparon el terreno". Contrariamente a otras dieciséis intervenciones del 30 de julio, Charles de Hesse no se constriñó a responder una a una las cuatro preguntas expuestas sino a pronunciar una declaración de corte general, que más parece una admonición. Esto era debido al papel que desempeñaba en la orientación a dar en el Convento. Segundo personaje en importancia del mismo tanto en razón de su rango en la sociedad civil como de sus dignidades en la Orden - Maestro Provincial de la VIIIŠ Provincia, "de la Alta Alemania", y Coadjutor de la VIIŠ, "de la Alemania inferior hasta el mar Báltico" (antes del cambio de numeración acordado por el Convento) - fue el vicepresidente de hecho, supliendo frecuentemente a Ferdinand de Brunswick sobre todo hacia finales de agosto; correspondiéndole presidir la última sesión, el 1š de Septiembre, y pronunciar el discurso de clausura (que publicaremos ulteriormente). Por otra parte, iniciado con el duque de Brunswick en los "conocimientos sublimes y consolantes) de los que haría mención al día siguiente, se había dejado persuadir al igual que éste, de que el sistema elaborado por Willermoz era el más apropiado para inscribir estos conocimientos o esta "alta ciencia", por decirlo como hacía el Lionés, en el corazón de una masonería que había estado hasta entonces cruelmente desprovista de ellos y apareciendo en consecuencia sin objetivo y sin utilidad, dicho de otra manera, condenada al fracaso. Convenía en cualquier caso obrar con prudencia a fin de que no pareciera que se quería hacer presión sobre los delegados, los cuales, aún y estando ganados para la causa de los dos príncipes, aunque no todos, no estaban dispuestos a que se decidiera por ellos. Así pues era preciso tratarlos con miramientos a fin de traerlos disimuladamente hacia el camino que se quería hacerles tomar, cerrándoles previamente las otras salidas posibles. En este aspecto, la intervención de Charles de Hesse es a la vez directa y hábil. Comienza por una ejecución sumaria en toda regla de los proyectos de restauración de la Orden del Temple que, desde hacía una treintena de años, tanto agitaban - y cuán vanamente - a no pocos Masones rectificados alemanes. Este requisitorio es de un gran vigor, abundando sobre los argumentos ya avanzados por Willermoz : la filiación con la Orden del Temple no estaba en absoluto probada, y en consecuencia no legitimaba en nada los proyectos de "restablecimiento y restauración legal y pública" a los cuales los soberanos no harían más que oponerse, tanto por interés (ya que tendrían que devolver a la Orden reconstituída sus riquezas pasadas, de acuerdo a las míras, bastante quiméricas, de los defensores de esta tesis) como por temor; temor a que una posible asimilación con los Iluminados de Baviera, a los que el orador no nombra pero parece designar claramente, transformaría en completa hostilidad. En boca de un príncipe aliado a varias familias reinantes, tamaña advertencia - después de todo premonitoria - era de un cierto peso. A estas objeciones, Charles de Hesse añade sin embargo otras que a un buen católico romano como Willermoz no le deberían escapar : estas tienen que ver, por decirlo en pocas palabras, con la inutilidad y la codicia de la que son tachados curas y monjes. Si la acusación no sorprende demasiado viniendo de un protestante, su formulación no deja de causar una divertida sorpresa; presenta el asunto como cosa de la "clerecía interesada y ávida", de "holgazanes por naturaleza", y el único "mérito" que una eventual Orden del Temple restaurada podría otorgarse, se encuentra así sarcasticamente resumido : "Hemos estado escondidos y mantenidos durante algunos siglos; la mayor parte de nuestros miembros no están hechos para ser caballeros, no podemos ser de ninguna utilidad al mundo, pero no obstante queremos ser considerados y respetados, y no podemos hacer otra cosa que vivir comodamente de las riquezas que hemos acumulado vendiendo a otros hermanos el enigma que explicamos ahora en público". ¿Cómo un cristiano místico puede expresarse en tales términos que no desaprobarían ni Voltaire ni Diderot ?. Sería curioso saber que acogida dieron a esta exposición los delegados católicos... Estando el terreno así allanado, Charles de Hesse pasa a continuación a la parte constructiva. ¿ La Francmasonería no tiene ningún objetivo ?. Sí, tiene uno, ya que efectivamente encierra "misterios", misterios provenientes de Oriente y que han sido descubiertos por gentilhombres que igualmente afirman haber sido los primeros Templarios, pero este último punto es dicho de pasada, como si se tratara de una coincidencia fortuita y sin importancia. El objetivo "deseable" que la Orden masónica presenta a sus miembros es pues el de descubrir a su vez el "tesoro", el "depósito sagrado" que guarda en su seno; y ofrece también los medios, que son los de "buscar con el mayor ardor y la confianza más heróica" el "camino para alcanzarlo", camino que es de esencia espiritual puesto que consiste en la mejora y el perfeccionamiento de sí mismo. Estos misterios, ¿cuáles son? Sobre ellos Charles de Hesse no dice palabra ya que, según dice, Willermoz ya ha dado "las aclaraciones más perfectas y detalladas". Por otra parte recordamos que la cuarta y más importante pregunta expuesta al Convento era : ¿ qué sistema adoptar para la Orden ? . Charles de Hesse se guarda bien de optar por una fórmula determinada y se limita a formular algunos consejos como de pasada; pero visto de cerca, es la descripción exacta de la estructura propuesta la vigilia por Willermoz : los tres primeros grados establecidos por "conciliación" entre los grados ingleses, franceses y suecos "los más antíguos y correctos" y teniendo por principio "el estudio y mejora de (sí mismo), la búsqueda de las ciencias y la cultura de todas las virtudes morales y bienhechoras"; por encima, "algunos grados" - su número no es precisado - destinados a "recordar... nuestros predecesores Templarios" excluyendo toda idea de restablecimiento o restauración". Es la recuperación casi textual de las propuestas de Willermoz(4) , que encuentran de este modo un apoyo tanto más fuerte como menos ostensible. La alocución de Charles de Hesse, que había empezado como requisitorio, se acaba en homilía. Este tono no era nada raro en él, hasta en su correspondencia privada - Le Forestier ofrece varios ejemplos(5) - denotaba al místico exaltado que fue hasta el término de su larga vida (debió morir con 92 años) una viva atracción por un estado casi sacerdotal que a falta de poderlo encontrar en la Iglesia luterana en la que había sido formado - en realidad, bajo la influencia de Swedenborg, no creía apenas en las Iglesias cristianas institucionales - buscaba revestirse de algo parecido por medio de las prácticas masónico teúrgicas más diversas. De donde su interés por lo que Willermoz le había dejado entrever de las Orden de los Elegidos Coens. Tal es este documento de un interés quizás limitado pero sin embargo real, por cuanto contribuye a aclarar un "perfil de émulo" como habría dicho Le Forestier : de un émulo con quien, como se ha visto en el precedente Cuaderno Verde, Willermoz mantuvo durante más de cuarenta años una correspondencia cuya importancia es esencial para el conocimiento de nuestro Régimen, un émulo que, también, jugó en el establecimiento de este último y sobre todo en su supervivencia después de la tormenta revolucionaria un papel que en ningún modo se podría ignorar.
QUÉ apariencia que en el momento mismo en el que varias Monarquías y Estados, entregados antaño a la superstición más crasa, a la sumisión más ciega de una clerecia interesada y ávida, vean lucir la razón a(7) la tolerancia y terminar en sus paises con las cortapisas y errores que impedían a los holgazanes por naturaleza(8) el trabajar con el mismo fin que el Creador a prescrito a todos los hombres, que no es otro que el de hacerse útiles a su prójimo; ¿ querrán ahora restablecer publicamente una Sociedad que no reúne, saliendo de las tinieblas, otro mérito que el de poder decir: hemos estado escondidos y mantenidos durante algunos siglos; la mayor parte de nuestros miembros no están hechos para ser Caballeros, no podemos ser de ninguna utilidad al mundo, pero queremos ser considerados y respetados, y no hacer otra cosa que vivir comodamente de las riquezas que hemos acumulado vendiendo a otros Hermanos el enigma que en el presente explicamos en público(9)? ¿No temerán que una sociedad peligrosa, recientemente extinguida, y que ha bebido en la misma fuente que nosotros, reaparezca un día, y sólo por esto determine a los Soberanos a aniquilarnos por entero(10)? NO sabríamos pues buscar en cualquier tipo de restauración pública un objetivo real de nuestros trabajos; y la Masonería ¿no habrá sido creada con un objetivo real, no velará otro objetivo, otros misterios, bajo sus emblemas? ¿Qué hombre, de vuelta del primer movimiento seducido por la antigüedad y el ceremonial (11) inspirados al recipiendario, querrá consagrarse a un objetivo tan futíl y poco análogo(12) después de las grandes esperanzas que se dán en público y a los aspirantes sobre la gran utilidad y beneficencia de la Orden de los Francmasones(13)? PERO ¿ qué propósitos presentan los primeros grados de la O. a aquellos que son admitidos en ella ? y cuántas reflexiones no habrán hecho nacer en aquel que quiere penetrar en el sentido misterioso de los tableros que los emblemas, jeroglíficos y ceremonias componen, y cuyo perfecto desarrollo no és anunciado como el súmmum de la felicidad y recompensa de aquellos que se han entregado al estudio y mejora de ellos mismos, a la búsqueda de las ciencias, y al cultivo de todas las virtudes morales y bienhechoras? Estas son pues las primeras condiciones que la O. exige de nosotros, Hermanos míos, antes de querer, ni quizá tan solo poder, concedernos ninguna parte real de las ventajas que nos anuncia contener, y a las cuales debemos someternos nosotros, y todas nuestras XX(14) , antes de poder presumir nunca alcanzar el propósito de nuestras búsquedas. EL digno y querido Hermano ab Eremo nos ha dado las aclaraciones más perfectas y detalladas sobre la naturaleza de los misterios que la O. encierra en su seno, me atrevo pues a excusarme de entrar en detalles que yo no podría nunca dar con tanta energía, precisión, claridad, y de una manera tan interesante como lo ha hecho este dígno Hermano(15). Me permito alegar que una sola circunstancia que concierne al medio por el cual quiso la Providencia servirse para transmitir a nuestros predecesores(16) una rama de la verdad que sin interrupción ha existido y ha sido depositada en manos de un pequeño número de personas elegidas, probadas, fieles y consumadas(17) . Cuando las Cruzadas fueron predicadas, la mayor parte de los Soberanos de Europa sabían que Oriente poseía misterios preciosos. Julio II(18) estaba particularmente informado de ello. Todos quisieron tomar parte de las mismas para entregarse al depósito sagrado y el pueblo gritó con voz unánime Dios lo quiere. Numerosos ejércitos Cristianos y todos los esfuerzos reunidos de los Soberanos más poderosos desembocaron en la toma de Tierra Santa, pero no encontraron lo que realmente buscaban. Dos gentilhombres franceses, Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer, prevenidos y dirigidos por un santo hombre venido de Jerusalén, se unieron a otros 7 gentilhombres y se hicieron peregrinos en la Ciudad Santa. El Templo les fue asignado por morada, y en sus ruinas tuvieron la felicidad de encontrar el objeto de las búsquedas de toda la Cristiandad(19). ¿De qué nos servirá saber que un tesoro existe, si no conocemos el camino para llegar a él?. Éste debe ser pues el primer objeto de nuestras búsquedas, y estas son las condiciones prescritas y antes citadas de mejorar y perfeccionarnos que llevan efectivamente al camino que debemos buscar con el más vivo ardor y la confianza más heróica, y guiar también a nuestros Hermanos. Unámonos pues principalmente para avanzar hacia un objetivo tan deseable, mis queridos y B.A. Hermanos, y llevemos nuestras miras desde el momento presente a este lado más importante que cualquier otro, no puede existir ningún punto de vista tan feliz que aquel que la Masonería nos promete(20). SI por lo demás me pedís, Hermanos míos, mi sentimiento sobre el sistema presente a introducir, he aquí lo que, yo creo, será el más conveniente a nuestra situación actual: reunámos en tanto que sea posible a todos los Masones repartidos sobre la faz de la tierra, por los 3 primeros grados los más antíguos y correctos que podamos poseer. Rebusquemos entre los de los Ingleses, Franceses, Suecos, tratemos de conciliarlos lo mejor que se pueda(21), y tomémolos por base y fundamento, sobre los principios que he establecido anteriormente. Añadamos para el buen regir de la O. algunos grados que recuerden nuestros precedesores los Templarios sin llevar de ningún modo a una idea de restablecimiento o restauración de una O. cuyo número esta consumado(22): cumplamos con celo y pureza nuestros deberes; amemos a nuestros Hermanos con sinceridad y ternura; preservémonos ante todo del orgullo, esta desgraciada pasión que desde siempre ha causado la caída y la ruina de todos aquellos que no se han preservado de ella por una sumisión sin límites a su Creador y una perfecta resignación a su santa Voluntad. RECIBID, Hermanos míos, los votos más ardientes, más sinceros, más vivos que yo pueda hacer por la felicidad de la O., y en Él, para todos y cada uno de vosotros, desde el fondo de mi corazón.
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